19980815

CAROLINA FURQUE Y DANIEL BARRACO: Parte de la confusion latinoamericana.

El respetable público se ha retirado y el circo ya descansa. Innumerables ampolletas iluminan tenuemente el lugar. Bajo ellas, indiferente y hambriento, un caballo arranca una tras otra las hebras del pasto que halla entre sus patas. Dentro de la carpa, la contorsionista ejecuta con disciplina y solemnidad los ejercicios de su rutina. Su silueta confunde, hipnotiza a Carolina Furque, quien sólo atina a levantar su cámara, observar a través del lente y en una fracción de segundo recoger la imagen y los sueños de la mujer que son ella y la gimnasta. Afuera (en otro tiempo y otra ciudad) Daniel Barraco respira un aire similar; Frente a él, Julio César Arriola, el payasito “Chupetín”, aprieta firme su pequeña mano, evitando las sacudidas inquietas de su perro. Sus ojos se clavan en los de Barraco y éste aprieta con seguridad el obturador. La noche mendozina los observa.

***

Carolina Furque se acercó a la fotografía por una de esas sospechosas “casualidades” que la vida nos depara, y que un día la llevaron a encontrarse con un extraño aparato que su padre guardaba: la cámara que “por curiosidad y ocio” recogió y no dejó de usar hasta el día de hoy. Luego entró a la universidad y sólo en los últimos dos años “encaré la fotografía sistemáticamente y ya procurando que se convierta en un oficio que me permita vivir”. Reconoce la influencia de Daniel Barraco, su maestro de técnicas de laboratorio blanco y negro en 1996 y actual pareja, ya que “conociendo su manera de trabajar se me abrió un panorama nuevo y variado”. Junto a él expuso el `97 la muestra: “Noche de Circo”, en el Museo del Área Fundacional de Mendoza. Barraco, por su parte, hasta el año 1980 nunca había sacado una fotografía, ni siquiera a su familia. Tenía 25 años cuando una amiga decidió viajar a Mendoza a visitarlo, motivándolo a comprar una cámara para registrar los lugares y momentos que más tarde podrían transformarse en un objeto palpable más fiel que el recuerdo. “El tipo que me reveló los rollos me dijo, che, vos tenés ojo para estas cosas, te salen lindas las fotos. Me di cuenta que la cámara me podía dar un medio de vida, hice matrimonios, cumpleaños... y así estuve los primeros cinco años. Es decir que, la definición de la vocación, lo que hoy me permite hacer un libro... se fue dando paulatinamente. Los dos primeros años aún no sabía si esto era lo que a mí realmente me interesaba”.

De esta forma y por caminos apartes que ahora último se unen, ambos han desarrollado sus imágenes. Las de Barraco nos visitaron en julio del presente año y rápidamente llamó la atención la atmósfera que ellas nos presentan. La misma que el Ex–Director del Departamento de Estampas y Fotografías de la Biblioteca Nacional de París, Jean–Claude Lemagny, calificó de “particular”, ya que según él, ésta “se emparienta con una tradición latinoamericana”. Supimos que al argentino le interesan muchas cosas en su vida, razón por la cual “durante años he llevado una vida muy dispersa. La fotografía me permitió ir dándole un cierto cauce a eso. Así es que mis temáticas las he ido haciendo todas al mismo tiempo”. Comenzó retratando, para su serie de “Artes y Oficios”, a la gente que trabajaba en la heladería de su familia. Pronto continuó con su barrio y los niños que vivían en él, como “Eduardo y Ariel”, dos pibes engominados a lo Gardel, sentados en una especie de bodega de almacén. “Pero nunca he hecho fotografías proponiéndome un tema. Eso quizá hable de una actitud interior dispersa”. Por su parte, el trabajo de Furque se presenta en nuestro país desde el 20 de agosto y hasta el 22 de septiembre, en la Galería Contraluz. La muestra sobre el circo es “mi trabajo más extenso” -comenta- “...tanto en tiempo como en cantidad de fotos. Es el único tema que encaré de manera constante. Lo empecé el `94 y aún hoy sigo fotografiando todos los circos que pasan por Mendoza”.

¿Qué motiva a estos dos fotógrafos argentinos a dejarse llevar por la captura de imágenes? ¿Son sólo las casualidades o el compadre que le encontró “linda la foto”, mostrándole de paso un medio de “ganarse la vida”, los gatilladores de su incursión en este medio? Irremediablemente la fotografía es un medio de expresión y el acercamiento a ésta exige como condición irrebatible querer expresar algo. Y más importante aún; tener algo que expresar. Para muchos, el compromiso del artista es también con su sociedad y realidad histórica que le tocó vivir. Para otros, la función principal es la estética, la “forma por la forma”, lo que a fin de cuentas posee también un valor. En las imágenes de Furque y Barraco esto último irradia con fuerza, sin embargo el contenido documental y social no queda del todo a un lado. Les preguntamos acerca del involucramiento o compromiso con el medio: ¿Cómo se liga tu trabajo con la realidad política, económica, social de Argentina y América? ¿La corrupción, el problema de la droga o la violencia, influyen en tu fotografía o ésta es un ente aparte que anda volando de museo en museo, destinado a “los amigos del arte”?

Carolina Furque: No me acerco a fotografiar nada por su importancia social o estética en sí. En el caso del laburo (trabajo) del circo, éste comenzó por una razón personal y el contacto con los artistas del circo, con su medio, sus virtudes y sus miserias, que me fueron revelando aspectos inesperados. Creo que la decadencia y la soledad actual del circo está muy ligada a cambios sociales y culturales que le han obligado a replegarse (la televisión, por ejemplo) y lo han ido demudando de su magia y audacia. He tomado fotos en fiestas populares y en cabarets, siempre impulsada por curiosidad, por un deseo de entender qué ocurre alrededor mío. No creo poder encarar un tema porque sea "socialmente" importante, tiene que existir una motivación personal fuerte. Luego, inevitablemente, aparecerán en el trabajo opiniones, resaltarán más o menos distintos aspectos, los sentimientos que esos lugares y esa gente han suscitado en uno. Esto se engancha con "elementos que influyen a la hora de escoger determinada temática": yo elegí el circo primero, por curiosidad y por razones personales, pero resulta que después de visitar uno y otro vas ampliando y profundizando esas razones. El circo es visualmente muy atractivo, la carpa, las ropas, la forma de vida, y será por eso que es también un tema muy recurrente, tanto para la fotografía como para la pintura y la literatura. Pero debajo de eso va apareciendo la gente verdadera que lo habita; va uno descubriendo que el circo ya no es lo que era antes, que no hay tanto romanticismo en esa vida trashumante. Todos esos aspectos que aparecen luego de un tiempo van delimitando nuevos motivos y razones para continuar el trabajo. Yo siento ahora que estoy fotografiando un circo que va en extinción, un espectáculo que está en decadencia.

Daniel Barraco: Mirá no sé, no sé que decirte. Me parece un poco insólito lo que me preguntás. Yo estoy por hacer una serie de fotos de chicos que trabajan en las calles de Mendoza, de payasos... ¿Cuál es la conexión que eso tiene con la realidad? No lo sé, no soy un fotógrafo de trincheras ni ando detrás de los círculos de la droga, viendo cómo denunciar eso. Tampoco ando en las villas miserias haciendo... con el respeto que eso me merece. Por otra parte tampoco creo que la fotografía que se expone en museos ande volando por ahí... Está donde puede estar como está también en otros lugares que no son tan finos como los museos. Creo que la relación que tiene con la realidad es la sensibilidad que yo pueda tener para captar esa realidad. Lo que pasa es que también cada uno la capta como puede y desde donde puede. La mía también me parece que es una mirada sobre la realidad, pero una manera particular de ver esta realidad.

-Lo que me gustaría saber es si el público que visita tus exposiciones es gente ligada a la fotografía o al arte, o está más cercana al mendocino común y corriente, como “La Rusa” (1981) u otro de los personajes retratados por ti o por Carolina.
DB:
Es gente, en general, que no tiene relación con la fotografía ni con el arte, sólo gente sensible que busca algo que le pueda conmover, emocionar... Supongo que hay una identificación porque así me lo ha dicho la gente. Pero tengo que decirte que a mí no me interesa en lo más mínimo lo que la gente piense de mi fotografía. Lo que sí me interesa es hacer las cosas con honestidad. No mentir ni mentirme. Pero si reflejo o no la realidad no es algo que me preocupe. Sí me preocupa escuchar de la gente cosas de mi fotografía que yo no sabía, en ese sentido me interesa lo que la gente piensa. Pero en el sentido de la opinión de gente como una presión, que a uno lo obligara a hacer determinado tipo de fotografía, no me parece en absoluto... Yo he sido de la generación de la militancia en Argentina, de los años `70, y las primeras fotos que hice eran de obreros porque lo que quedaba de toda esa etapa era que había que fotografiar obreros. Eso me parece hoy como un corsé, algo que me aprisiona (...) Yo creo que las cosas hay que tomárselas en serio pero con un poco de humor y libertad, que es la forma en que uno se recicla. Hay que tomar muchas fotos y hay que querer el trabajo en sí mismo. Hay que querer hacer fotografía, más que querer decir algo con la fotografía, o que digan qué linda que son nuestras fotos. A uno tiene que gustarle el hecho de hacer el trabajo, es lo único que a uno le permite volver a hacerlo, volver a la fotografía.

-¿Qué grado de involucramiento hay entre tú y los lugares y las personas por ti fotografiados?
CF:
Siempre que voy a algún lugar a tomar fotos, sea el lugar que sea, preciso un tiempo para entenderme con la gente. Encuentro que es un poco violento llegar e inmediatamente sacar la cámara. Me resulta útil que la gente se acostumbre a mi presencia, que se establezca una cierta confianza. Yo admiro a esos fotógrafos que tienen capacidad para introducirse entre la gente sin romper, con su presencia, el curso de las situaciones.

DB: A riesgo de parecer un poco chocante, a mí no me interesa tanto lo que fotografío, sino el sentido de qué son exactamente esas cosas. No me interesa tanto porque no creo que la fotografía esté en condiciones de hablar verdaderamente de ellas. Lo que sí persigo es emitir alguna opinión sobre lo fotografiado. Sobre el paisaje, la gente, los animales, los niños... Pero lo que ellos en sí mismo son... la verdad no lo sé. A través de mi fotografía de lo que más hablo es de mí y de lo que yo pienso sobre esas cosas, y en ese sentido yo he tratado siempre de estar en ellas, de estar en la vida y no ser un espectador. Es una de las cosas que más persigo en la vida: No estar afuera.

-¿Creen que su trabajo podría ser publicado por la prensa? En el caso de Daniel, que trabajaste en Francia para los diarios Liberation y Le Monde, ¿influyeron éstos en tu fotografía?
DB:
Hice algunos trabajos para Liberation y eran trabajos muy presionados por la noticia inmediata, y en ese sentido no significó absolutamente nada para mí esa experiencia. Distinto es lo de Le Mond. Pero llegué a Le Mond por los retratos que ya venía haciendo, retratos de obreros y de artistas. Lo lindo de este diario fue la libertad para trabajar. Conocían mis retratos y quisieron que yo los hiciera a los escritores, pues era para un suplemento literario. El suplemento salía el jueves y yo podía ir el lunes, charlar con el personaje y fotografiarlo. Pero lo que me cambió la fotografía y más aún, la vida, fue ir a Francia. No por Francia, sino por vivir en el extranjero y salir de ese pequeño mundo que es la tierra de uno, donde uno cree que todo es eso. También la gente con la que me encontré allá, tanto fotógrafos vivos como los muertos, por medio de libros. Recuerden que yo he vivido en Mendoza, un lugar provinciano y pobre culturalmente, una sociedad tradicional, y no en Santiago o BAires. El hecho de vivir en una capital es otra cosa.

CF: Yo respeto profundamente el trabajo de prensa de aquellos medios que le permiten al fotógrafo actuar libremente, que conciben el reportaje fotográfico como un medio expresivo. Lamentablemente lo habitual es encontrar que los medios no se arriesgan y terminan publicando fotos "correctas": imágenes de lectura fácil y rápida. En general se limitan a ilustrar las notas. Creo que una fotógrafa como Diane Arbus pudo publicar y hacer su trabajo porque existieron editores que se animaron y respetaron su fotografía. En Argentina son pocos aquellos reporteros que puedan imponer a un medio su estilo. Inexorablemente, y por respetables cuestiones de supervivencia, la mayoría terminan haciendo lo que les reclaman. Yo no hago fotografía de prensa, lo que no significa que algunas cosas que hago puedan ser publicadas en algún medio.

-¿Existe alguna influencia que haya marcado tu trabajo más que otras?
CF:
Cuando inicié el trabajo sobre el circo estaba fascinada con las fotos, de circos de la India, de Mary Ellen Mark. Es un trabajo impecable, que actuó como un estimulo. No siento que haya en mis fotos influencias de nadie y nada en particular. En todo caso siento que al mirar algunos libros o trabajos de otros fotógrafos, sobre todo si son buenas fotos, eso me incita a trabajar, me reaviva el deseo de continuar con lo mío. Hace poco, mirando un libro de Eugene Smith, sorprendida por su manera peculiar de copiar sus fotos, pensaba en mis copias, en cómo podía encarar mi trabajo de copiado. Esto no significa que acabe copiando como él, mas bien sus fotos me despiertan una inquietud que tendré que resolver lentamente en el laboratorio.

-En un artículo sobre la fotografía de Miguel Gandert (Luna Córnea nº7. 1995) escrito por Alberto Blanco, se recoge el tema de la fotografía en la frontera entre México y Estados Unidos. Blanco se pregunta: ¿La fotografía de la frontera es aquella que se toma en la frontera o aquella desarrollada por los fotógrafos que habitan la frontera? Lemagny dice que la atmósfera de la fotografía de Daniel, se “emparienta con una tradición latinoamericana” Mi pregunta es: ¿La fotografía latinoamericana es aquella que ha sido captada en Latinoamérica o la que han obtenido los fotógrafos que nacieron y viven en Latinoamérica? Como argentinos, ¿Qué papel creen que juegan en la fotografía latinoamericana, tomando en cuenta que con frecuencia se dice de Argentina que es un país "más europeo" que el resto?
CF: Me resulta complicado responder esta pregunta, porque ¿qué significa ser latinoamericano? Pienso que la fotografía latinoamericana es aquella que sólo pueden hacer los latinoamericanos, donde se encuentren, porque arrastran con ellos eso difícil de definir que somos.

DB: No lo sé. Pero me puedo escudar en un ilustre antecedente: Borges también decía que él no sabía lo que era la literatura latinoamericana. Yo no sé si existe eso. Posiblemente, para la gente de afuera, puedan haber algunos rasgos comunes en nuestra fotografía. Sí, me parece que hay una fotografía muy tironeada por la realidad y por lo dramático de “nuestra realidad”. Cuando uno vive en Europa se da cuenta que si sos un fotógrafo de Francia, bueno, la realidad, y como la fotografía se maneja con la realidad, es infinitamente menos dramática y acusiante que acá. En ese sentido nuestra fotografía debe tener una imagen hacia fuera que la identifica... Estoy pensando en la fotografía mexicana por ejemplo, que refleja, al parecer, el dramatismo de ese país y de esa gente. ¿Qué es Latinoamérica? ¿Qué son los latinos? No sé si tiene una respuesta...

-Me llamó la atención cuando Lemagny dice que viendo una foto tuya, tomada en París, “uno juraría estar en los suburbios de Buenos Aires y en un cuento de Borges, a la vez realista y fantástico”...
DB:
Sí, él lo dice a propósito de una foto. Tienen que pensar ustedes que en América Latina, Argentina ha sido un país muy europeizante. Por ahí somos los menos latinos, desgraciadamente. Porque yo digo, si ser latinoamericano todavía es una confusión, ser argentino y no ser por lo menos parte de esa confusión, es peor. Supongo que tenemos una sensibilidad que nos acerca a los europeos y eso ha de aparecer en la fotografía. Pero creo que América Latina es una gran confusión y muchas certezas también, y que yo formo parte de eso también, sin duda. Que los argentinos seamos un país de inmigrantes, bueno, es la historia latinoamericana también. Así que hay que creer o reventar.

(Entrevista publicada en el n9 de revista FOTOgRAFIAS, agosto-septiembre de 1998)

19980615

CLAUDIO BERTONI: “Las fotografío porque no las puedo poseer, porque no las puedo tocar".



Claudio Bertoni (1946), poeta, fotógrafo y músico frustrado, la libido en ristre, la piel femenina incrustada en su cabeza, vive el eterno enfrentamiento de su propia contradicción: El deseo encarnado, la obsesión por desnudar y amarrar en el tiempo a las mujeres que en algún momento de su vida lo han acompañado, y el masoquismo íntimo de ver esos rectángulos en la soledad de su hogar en Concón. Aislamiento ascético autoimpuesto (desde hace ya varios años sin la presencia femenina de otros tiempos) a cambio de la libertad más dura; aquella intrínsecamente ligada a la soledad.

Influido por Cioran, el pesimista escritor rumano, viviendo lo más frugalmente posible al estilo del budismo zen -pero en constante lucha con su sexualidad y las maneras de canalizar ésta- Bertoni compara su libido con la de San Agustín o San Francisco de Asís. ”El eros, la sexualidad –dice- es lo más fuerte que hay. Me duele no poder tener todas las mujeres que quisiera.”

Le preocupa su peculiaridad, la que estudia y respalda: ”El escritor trapense Thomas Merton habla del problema. Sé que esta es mi situación y tengo que aprender a sufrirla. Tengo que encontrar una manera de lidiar con mi sexualidad para que no me dañe, no me absorba”, manifestó a la prensa hace algunos años. A ello, agregó: ”Pavese se mató, en gran parte, por su cocho con las mujeres. Decía que hay un sólo heroísmo: estar solo, solo, solo.”

En sus imágenes, honestas y sin más pretensión que la captura y conservación del calor del cuerpo, de la mujer amada, no se despliegan sesudos discursos estéticos ni filosóficos. La mirada de Bertoni no ha venido a provocar rupturas ni a formular atrevidos postulados. Pese a ello, a más de alguno aún perturba. Como dijera el gran Hugo: “La imaginación es el intelecto con una erección”.

Multifasético, hubo un tiempo en que Bertoni se vio inmensamente ligado a la música, esa ”enorme e infinita frustración de mi vida. Porque yo me considero... sé que soy un músico que no hace música y esa es la cosa más triste que puede haber, porque sé que puedo hacer música, la hice... ¡A mí la música me gusta más que esto, más que todo!”. Su última incursión, como integrante de la banda de jazz rock Fusión y un compilado junto al Gato Alquinta, Eduardo Parra (Los Jaivas), integrantes de Congreso, Los Blops y nada menos que Jorge Guerra (Pin Pon) en la batería, se llevó a cabo en un mítico recital en el Estadio Chile. “Fue increíble, caótico, impresionante, eran los tiempos de la UP. Ahí se acabó... fue el último concierto”. Fue entonces, a comienzos de los ‘70, cuando Bertoni se marchó a Europa. Vivió en París y Londres, hasta que la muerte de su madre lo trajo de regreso a Chile, a Concón, y a la soledad. Más tarde comenzaría su relación con Mónica Turenne, lo que crearía otra leyenda, descrita en los Cuadernos Hispanoamericanos de la siguiente forma: “Entre las cuatro paredes de la casa en que se encerró, se dedicó a fotografiar durante 16 años a la misma mujer, fragmentada, huidiza y desnuda...” Aunque sólo fueron 10 los años que Bertoni estuvo junto a Mónica y más exactamente ”cuatro meses en un departamento, mientras los papás de Mónica estaban en China, en que sólo salíamos para comprar algo de comer y el resto del tiempo la fotografiaba...” demuestran lo que el desnudo –corrijo- “la(s) mujer(es)”, representa para el fotógrafo. Sin saber de técnica fotográfica, Bertoni se introdujo en la fotografía para dar cuenta a sí mismo de algo que fue, pero que ya nunca más podrá ser de una misma manera. Algo que hoy es sólo ausencia.

Esta muestra, bajo el título “Desnudos en el Museo”, se encuentra actualmente en el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago. Sesenta y cinco diapositivas en copias color formato 30 x 40, de una sola mujer (con la excepción de cuatro imágenes de Natalia Valenzuela) captadas en la década del ’80.

-El desnudo contemporáneo, especialmente visto por gran cantidad de fotógrafos jóvenes, se aleja del canon estético clásico o se presenta en franca confrontación con él, por medio de cuerpos ajenos de todo virtuosismo, cesáreas o en general un “feísmo” que finalmente resulta asombrosamente estético... Definitivamente no es la forma como Claudio Bertoni quiere ver a la mujer.
-Sabes cuál es el problema, que no he visto nada. Lo último que vi fue el librito que publicó LOM titulado El desnudo en Chile (1996). Pero lo que tú mencionas es absolutamente lícito. Por otra parte, hay un fotógrafo que realmente me gusta. Es un norteamericano que se llama Emmet Gowin, que se ha pasado toda su vida haciéndole fotografías a su mujer, de nombre Edith. Esos para mí son desnudos, es su vida, desde hace treinta años... es una mujer flaca, pechos chiquititos, delgada, pero no es fea, su rostro... Esa es una mujer desnuda, de verdad. Para mí él es un fotógrafo sustantivo. Mis fotos muestran una desnudez casi simiesca, son eróticos, están hechos con una mujer con la que estuve, a la que quise y a la que deseé mucho y seguramente todavía deseo. Muchas de estas fotos fueron hechas antes o después de hacer el amor, eso creo que de alguna manera en la foto se nota. La pornografía, en cambio, me da asco. En Estados Unidos hay una relación con el cuerpo que yo creo que han perdido y por eso hacen tanta tontera, porque no les pasa nada. Para mí el eros... si tu quieres a alguien, la deseas, la tocas con el dorso de la mano y ya son dos brazas, estás encendido... Eso es el eros, hay deseo, ternura, amor, calor... No es una cosa moralista, pero lo hallo lamentable porque hay una pérdida horrible y realmente eso está totalmente unido al tipo de vida que llevamos, donde el verdadero protagonista de la televisión occidental y sobretodo norteamericana, es la violencia. Mi trabajo es absolutamente inverso, es como la recuperación del cuerpo y el cuerpo es la tibieza. Una de las pocas cosas esenciales sobre la Tierra es la temperatura, el calor: sin él te mueres. En mis fotos hay calor, mientras que la pornografía para mí es hielo. No sufro la más mínima erección, todo lo contrario (...) Lo que hago es acercarme, lo que en inglés se llama bodyscape, “paisajes del cuerpo”, formas abstractas que llevaron a Enrique Lihn, cuando escribió sobre mis fotos el año ‘81, a hablar de fotos en las que todavía no sabe qué parte es cual. La pintura abstracta me gusta lejos más que la pintura figurativa, pero hace algunos años, un poco premeditadamente y sobretodo en blanco y negro, eché un poco la cámara hacia atrás y metí a las personas en un contexto, por ejemplo en los sillones que las sitúan en el tiempo. Porque muchas de mis fotos las podría haber tomado en el siglo XVI y en el siglo MCXII, ya que es pura forma. He notado que siempre que tengo a una mujer desnuda durante mucho tiempo me voy acercando... Es la forma y casi todas mis fotos funcionan como forma. En blanco y negro tengo algunas de mis fotos que más me gustan, y son pura forma. Cuando las muestro me preguntan qué cresta es, bueno ¡es eso en realidad! ¿Qué es? ¡Si lo estás viendo igual que yo! La gente quiere que tú le digas que es algo y es eso, no tiene por qué tener un nombre.

-En un momento en que la mayoría de los chilenos no quiere saber de política, problemas sociales o cultura ¿Qué valor le asignas a tu trabajo? ¿Qué motivaciones puede tener el público para dejar la cotidianeidad y acercarse a la muestra, más allá del común morbo que cualquier exposición de desnudo despierta?
-Creo que la mayoría de la gente vendrá por esto que mencionas tú, que es el morbo y que es algo bastante primitivo. No hallo que esté particularmente mal, pero si ves las fotografías no se trata de eso, porque en ese caso te compras una revista PlayBoy y es mucho más calentador... ¿Qué le puedo ofrecer a la gente? Para serte franco, no tengo idea y me interesa mucho menos todavía. Hago estos monos porque lo necesito, es un alivio para mí, para deshacerme de... llámalo tú una obsesión. Hallo que estos monos funcionan, que son buenos, que son formalmente buenos. Jan Groover, una fotógrafa yanqui que un tiempo me gustó harto y que fotografiaba casi puros tenedores y cuchillos, tiene una cita que dice: “El formalismo es todo”; Yo no creo eso, pero tiene algo de cierto pues al final la imagen aparece y la imagen es forma. Yo puedo tener las ideas más increíbles, metafísicas, lúdicas, o no sé que cresta... ¡sociológicas! acerca del desnudo en la sociedad contemporánea y si hago un rectángulo con una imagen que no funciona, no pasa nada. Yo creo que estas imágenes funcionan y por eso están ahí. Esa es mi relación con el arte, hacer arte que funcione. Pero acerca de qué le va a pasar a la gente con ellas, no tengo la más remota idea.

-Un arte que funcione para qué o para quién.
-Que funcione para mí. Soy yo. El signo de la “madurez” de un artista es cuando él sabe que su obra funciona. Porque todos los análisis racionales o de otro tipo que hagas sobre una obra se pueden escribir por montones, pero jamás vas a agotar el asunto y esto es una cosa de intuición casi mística, donde tu cachai que la cosa marcha. La fotografía es terriblemente así: Estás mirando, mirando, te detienes, eso funciona y ahí haces click. Si no sabes que funciona ahí, no haces el click y haces monos malos. Entonces con la fotografía es casi más groseramente fuerte eso, dices: Esta imagen, este rectángulo, marcha.

-Y ¿qué sucede con lo que no está dentro de ese rectángulo, sino fuera de él?
-Bueno, sin duda... las fotografías están rodeadas de mundo y yo las saqué de él, o sea, eso está lleno de historias, pero es algo que yo no controlo en absoluto. Si la gente viene y saca algo de esto, está okay, en eso yo no entro ni salgo. Te quiero decir que el morbo puede ser mucho más satisfecho por la pornografía. Hay un poeta, W.H. Auden, que define la pornografía para los hombres como “toda imagen que te produce una erección”. Ahora, si viene aquí un tipo y se calienta y tiene erecciones, ese es su cuento aparte. Además, la pornografía está en la cabeza de la gente, creo que es algo absolutamente personal. Lo que creo es que estos monos funcionan como forma. Yo tengo un ojo que a mí casi me molesta por lo equilibrado, gracioso y formal. Entré al arte, a la fotografía, por la pintura. Por Man -Ray. También significó algo para mí el trabajo del inglés Bill Brandt y si tu miras esas fotos son “hermosas” y creo que estos monos (apunta sus imágenes) en gran medida lo son. Es como un defecto, a veces las hallo demasiado bonitas, demasiado equilibradas. Me gustaría que fueran más violentas, más pasadas para la punta.

-¿Como el trabajo de dos amigos tuyos, Felipe Riobó y Mauricio Valenzuela?
-Claro, sus desnudos son lo menos sutiles y graciosos en el sentido que los míos lo son. Son atroces, atroces de buenos, y es una lata que no se puedan mostrar. Y en parte mis desnudos están aquí por eso, porque guardan esa cuestión que es hermosa y que a pesar de que a alguna gente le vaya a molestar y a otros ya les ha molestado, van a pasar por eso, porque los hallan hermosos, en un sentido incluso convencional, son bonitos. En ellas, hay toda una tradición pictórica del desnudo. También hay una foto de esta serie que no está, que llegamos al acuerdo de que no estuviese, y es porque simplemente se le nota el sexo, está abierto y se le notan los labios.

-¿Te molesta que tus imágenes sean tan “dulces”?
-No, para nada, porque yo no pretendo nada. Si fueran mucho más dulces de lo que son tampoco me importaría y si fueran horrendas de malas y terribles y para vomitar, tampoco me importaría. Es como una actitud, porque yo no estoy persiguiendo ninguna cosa que no sea lo que es. Mi relación con esto y con la escritura es de necesidad, es para deshacerme de algo. Me encantaría que las minas no me calentaran tanto porque sería un alivio. Si no existiera esa presión viviría más tranquilo, pero es esto en gran medida lo que me permite gozar, me alivia y existe una metamorfosis, pues el artista es el que recicla. Se trata de hacer cosas que “valgan la pena” y que te produzcan algo. Y yo las hallo super buenas en realidad, como desnudos. Luego las muestro y si a dos o tres personas les gustan, bueno. Si simplemente le gusta a todo el mundo y me las compran todas y me pagan 100 mil dólares por cada una y me hago millonario o salgo en la tapa del TIME y las llevan a dar vueltas por el Sistema Solar, genial. Pero se acaba esto y me las llevo para la casa. Mientras nadie me pegue, nadie me saque la cresta, esta okay. Lo demás, no tengo control sobre eso. Creo que a nivel político, de tener consecuencias tiene poquísimas. Es una cuestión más, el 70% de la gente va a decir que la mina es rica, que son bonitas, que tiene rico culo y no va a pasar más que eso. Poca será la gente que vea más allá, justamente porque hay una cuestión estética super fuerte en estas fotos.

-¿Podrían tus fotos ser portada o cuerpo de la PlayBoy?
-Yo creo que no les servirían. Tengo otras fotos que sí, pero todas esas nalgas que ves ahí, nada que ver... son música.

-¿La imagen escogida para el afiche y la invitación, tal vez?
-Esa quizá. No en el PlayBoy, pero hay una onda erótica... Lo curioso es que esa foto le encanta a todo el mundo y tiene una cuestión erótica como super cómica, casi kitsh yo hallo... la boca tan dibujadita, es la típica boca deseable, pintada requete roja. El detalle de esa foto la han puesto en otras revistas, como en Caras, y cuando la pusieron en Paula –como puedes ver esa mujer está de piernas cruzadas y se le ve parte del bello púbico- en Paula no está, se lo borraron, ¡lo que es como un chiste! Hay gente, aquí mismo en el museo, para quien estas fotos son violentísimas y no deberían estar acá. A mí no me sorprende que digan eso, en ese sentido estoy en la luna, hallo que estas fotos no son pornográficas ni nada, porque a mí no me excitan sexualmente y montón de gente que las ve, no ve eso, porque no es eso lo que está. Pero que cada uno vea lo que tiene en la cabeza. Y la piel creo que es super importante, sobretodo en un mundo que hay tanto ruido.

-Gran cantidad de artistas o estetas han optado en algún momento de sus vidas por un arte más ideológico. Concretamente, Oldenburg señaló: “Yo estoy por un arte que es político – erótico – místico, que hace algo más que sentarse en el culo en un museo” ¿Cuál es tu postura ante ello?
-Eso me parece bien. Lo que pasa es que el problema con esas declaraciones es cómo tú logras hacer eso. Si tú lees esa definición a una persona en la calle, seguramente es la última cosa que se le habría pasado por la cabeza, porque eso es muy complejo. En el arte contemporáneo, sobretodo a partir del arte conceptual, se produce como una superproducción; tratan de tomar a los autores por la nariz, de llevarte a la obra y decirte esto es esto, esto es lo otro. Eso lo hallo super absurdo y es muy irreal, porque piensa lo que es tu cabeza: son millones de neuronas llenas de chisporroteos... tú naciste hace 30 o 20 años, yo hace 52, tienes historia, todo eso funcionando dentro y de pronto un tipo quiere que veas una imagen y que suceda en tu cabeza lo que él dice que tiene que pasarte con esa obra, ¡es de locos!. Y precisamente el arte es la ambigüedad y es la multiplicidad, distintos chisporroteos que se te producen y eso es el buen arte, que es infinito, en el sentido que siempre que lo vuelves a ver tiene caras nuevas. De igual forma, todos los observadores son distintos y en el fondo las “profundas” son las personas y no la obra. Hay un dicho super bonito de un tipo que no cree en Dios y Dios es una melodía. Si tú eres sordo, no me vengas a decir que no escuchas melodías que yo escucho. Con el arte pasa lo mismo. Un tipo que viene acá y lo único que ve son culos y se excita, y dice que es basura y que para él son iguales a los que aparecen en Penhouse o PlayBoy o en otras revistas de hardcore, de pornografía dura, que es la cuestión más repelente que hay, que para mí es la última cosa en la Tierra que me calienta... o sea si eso le pasa en la cabeza ¡qué culpa tengo yo de que tenga la cabeza llena de basura! Es problema de él y no mío (...) Hasta ahora he fotografiado a las mujeres que he tenido por una necesidad, por un asunto de que las quiero y las encuentro hermosas y las tengo al lado y es parte de mi vida. Escribo, hago esculturas y todo es parte de un tejido, como del rastro que voy dejando. No busco nada premeditadamente, ha sido la intuición y ha funcionado, pero ya tengo 50 años, me puedo levantar y ver un poco lo que ha pasado y lo que más busco es dejar un rastro lo más fidedigno posible de lo que pasa conmigo. De la relación del mundo que me ha tocado vivir conmigo, con mi ser. Y parte de ese asunto es la fotografía, y muy fuertemente, y en este caso la mujer, porque yo creo que las mujeres y la música son lo que más me gusta en el mundo.

-La fotógrafa Julia Toro ha dicho que: “No hay ninguna mujer que no quiera, en lo más íntimo, tener una fotografía de sí misma desnuda”...
-¡Cresta!, o sea... ¡Ojalá fuera cierto! Me encantaría que así fuera y se lo voy a decir a la Julia, que lo hallo genial, fantástico. Yo creo que es cierto, porque yo soy tímido y me he detenido muchas veces ante mujeres, sobre todo jóvenes, y no quiero entrar por la típica cuestión que digan que soy un sátiro, que me carga... Además que es cierto, y es mucho peor todavía.
-En septiembre de 1996 ofreciste, junto a otros fotógrafos como Felipe Riobó y Rodrigo Sáez entre otros, una charla en la Galería Contraluz. En ella, Mauricio Valenzuela señaló que: “La fotografía de desnudo plácida y lánguida ya no dice nada. Creo que el lenguaje de la fotografía en el sentido político tiene un sentido más profundo que remece a las personas, y no habría que destinarla como algo desechable...” ¿Consideras que tu fotografía muestra un desnudo “plácido y lánguido”?
-No, no es plácida ni lánguida, pero si lo fuera me importaría un pito. Y pienso que es perfectamente posible que hallan excelentes fotografías que sean plácidas y lánguidas y excelentes fotografías políticas, así como hay un montón de basura en fotografía política. Eso depende de la foto. Yo no pontifico respecto a ningún mono. Lo que sí, hay monos buenos, malos y más o menos. Y eso es así no más. Ahora, que sean cosas más útiles... claro, hay tiempos en que es absolutamente necesario algún tipo de fotos como algún tipo de poemas. Y en tiempos que en Chile todo estaba muy politizado, creo haber escuchado que en China (al parecer era mentira) toda la gente podía crear lo que quisiera, pero las obras que no se necesitaban para la actualidad revolucionaria eran postergadas, guardadas, lo cual me parece una bonita idea. Yo jamás me habría quejado ante eso y si alguien me hubiera convencido con una prueba material de que mis desnudos contrariaban la revolución o era preferible ocuparse de otras cosas... pienso que el prójimo o la cantidad de personas es mucho más importante que el hecho de que yo haga las fotos absolutamente más increíbles y exquisitas. Pero no sucede así, esa era la típica justificación marxista donde había que detener todas las cosas porque había que preocuparse de lo económico primero, y al final quedó la cagada. Al parecer el hombre avanza completo o no avanza. Y no te puedes olvidar de todo lo que está implicado en el asunto de la cultura, de la sensibilidad, del arte, y en este caso del desnudo.

-Una vez de regreso en Chile te recluiste en Concón, abandonaste la música y comenzó el estilo de vida ascético que te caracteriza. Soledad autoimpuesta a cambio de libertad, pero la libido “a doscientos”, torturándote... ¿No sientes que es demasiado masoquista y contradictorio?
-Es súper contradictorio. Sí, yo estoy super cagado porque tengo dos extremos muy fuertes que son, por un lado la vida que llevo, que es como frugal, pero a la vez yo soy el tipo menos monjil, menos monacal que hay. Soy muy sensual. Además, la temperatura la necesito mucho. Y todo me produce... Puedo estar muy mal, en Concón ponte tú, y salgo, compro algo con una mina que se llama Claudia y que me vende el pan, me sonríe, me dice dos o tres cosas y salgo otro... ¡entro Claudio 1 y salgo otro! Siento mucho eso. Ahora, mi historia es super larga porque bueno, yo he tenido mujeres, tres relaciones largas en que he quedado hecho mierda por “x” motivos, porque hay una contradicción en mí terrible, insoluble, no he querido tener familia. En el fondo me he separado de las tres porque no quiero tener familia y no puedes tener una mujer y no hacerle hijos si ella quiere. Y yo no quiero meterme... casarme, tener hijos, para eso tendría que haber trabajado y no podría haber hecho todo lo que... habría perdido concretamente mi libertad. Los espartanos dicen que si quieres ser libre, tienes que estar solo y saber decir no. Ahora, yo más o menos lo he hecho, pero duele más que la cresta. Todo el tiempo pienso que lo he hecho super bien y de repente pienso que soy el huevón más imbécil del mundo, que he metido la pata hasta las cejas, que debería estar con una mujer y tener familia. Pendularmente voy de un lado a otro, pienso una cosa y la otra. Pero siempre me he hecho el tiempo para estar solo y mis mejores días son siempre aquellos en que estoy solo. No hago nada y me siento contento por el sólo hecho de que haya luz. Voy, vengo, como, no hago nada más, ni leo, y me siento extraordinariamente. Para mí ese es el estado de conciencia sobre la Tierra que yo más deseo y que hallo que es lo más sano que hay. Pascal decía que el gran problema del mundo es que las personas... nadie se puede estar tranquilo en una pieza. Si hicieran eso, casi todo el mundo se arreglaría. Tiene que ver con el hecho de ser autosuficiente, sacar las cosas de ti, no tener ruido, no tener que divertirte, la cosa totalmente burda, el consumismo, la gente no puede existir si no acumula cosas. En su tiempo, Sócrates pasaba por las tiendas y decía ¡qué enorme cantidad de cosas que no necesito! Imagina a Sócrates paseándose hoy día, con los millones y millones de huevadas que hay... Pero la gente vive de eso, y mi vida va en un sentido totalmente contrario y lo que pasa es que unirse a una mujer, casarse, te mete en un mundo y yo me he pasado huyendo de eso, no lo quiero. Y claro que hay una contradicción, para mí es terrible, imagínate... he leído mucho acerca de cómo se las arreglaban los monjes, pero los creyentes, los tipos que realmente creen, para mí son los seres más envidiables del mundo. Porque está lleno de monjes que lo pasan mal porque en realidad no creen. Todos los solitarios, no sólo los que creen, se encuentran con eso, y es muy fregado, es lo más estéril, lo más duro. Entonces lo único que quieres es volarte la tapa de los sesos por haber metido la pata tan hondo, por haberte equivocado tanto, pero cuando no es así, cuando es bueno, es lo mejor que hay y para mí ha sido así. Toda la fuerza que he sacado para seguir haciendo esto es porque yo tengo días, semanas, meses, en que no necesito nada, sólo comer.

-Incluso has llegado a decir: “Prefiero mil veces estar sentado al lado de la ventana mientras entra la luz que a mí me gusta, que acostándome con la mujer que más me gusta”. En ese sentido la fotografía es el medio con el cual canalizas tu sexualidad...
-Absolutamente. Si yo no hiciera fotos ni escribiera, creo que me habría suicidado. O estaría en un manicomio. Sobretodo creo que estaría en un manicomio.

-“El violador de Concón”.
-Eso te iba a decir... Cuando veo mujeres en la calle, mujeres a las que me gustaría hacerle fotos, yo soy tímido, imagínate, es para la risa hablarles, sacar el curriculum, decirles que soy serio, etcétera. Para demostrarles que no soy un psicópata o demostrarles que soy un psicópata sublimado, ¿comprendes? Esa es la realidad, en serio. No, sin duda que en parte es eso, que mi fotografía es un sustituto del amor y del sexo: Las fotografío porque no las puedo poseer, porque no las puedo tocar. Ahora, eso le pasa a mucha gente, a la mayoría de los hombres. Las desean, pero no las pueden tocar... ¡Y no les pueden hacer fotos!, porque no saben, porque no tienen el ojo o porque no tienen la sensibilidad... De igual forma es terrible para una persona que no puede escribir y gran parte de mi obra –diría que el 70 %- está ocupado con la presencia de las mujeres, del eros. Pero yo he logrado hacer algo con eso, porque tengo la suerte, no sé, llámalo talento, he podido, he metamorfoseado eso en poemas, y ha funcionado y eso me alivia. Y realmente mi escritura, si yo no escribiera yo creo que... he tenido rayones de los que no quiero hablar, porque la soledad está abierta a lo más pesado de todo, más que el sexo, que es enfermarse de la cabeza. En último caso me masturbo, no tengo ningún problema y eso te alivia y es la cuestión de todos los monjes. De hecho, el más grande obsequio de la divinidad es la mano derecha -o la izquierda, si eres zurdo-. (...) Respecto a lo que no puedo mentir, es respecto a lo que a mí me pasa. O sea, si yo viviera en esos lugares donde las mujeres andan totalmente cubiertas y se les ve los puro ojos, yo cago con sólo ver los ojos. Los ojos me harían mierda. Estoy hablando de mí, esa es una cosa, lo que a mí me pasa. Yo no soy Pedro, en el sentido que Cristo le dijo: “Tú eres Pedro y sobre ti levantaré la Iglesia”... Sobre mí no se podría levantar ninguna maldita huevá. El arte es premoral. Si yo sintiera que para vivir tengo que matar dos guagüitas por noche -es un crimen horrendo, no hay que hacerlo- pero si existiera eso en mí, yo tengo que decirlo. Ahora, yo me aguanto... Vivo 50, 100 años y no mato ninguna guagüita. Pero si siento eso en mí, cualquiera perversión en mí, cualquiera cosa horrenda, y soy artista, yo tengo que contarlo.

-Otra razón para mostrar tus fotografías, ¿tu deber como artista?...
-Francis Ponge dice que el artista es, sobretodo, “el que acusa el golpe”. Creo que tiene que ver con la sensibilidad, ya que en su gran mayoría los artistas son seres cuya sensibilidad está exacerbada. Para mí esto de las mujeres no es un chiste, es realmente un daño, una herida, y lo que hago con mis fotos... me curo (...) Si no existiera la ley, todos andaríamos tirándonos a las mujeres en las veredas. Todos los días ves a una mujer y la deseas, pero la dejas, eres un caballero, porque así tiene que ser... Pero no puedes decir no, yo no siento nada, soy culto ¡eso es una mentira y es una mierda! Y mintiendo socavas las vivencias reales de los seres humanos que harían que pudiera surgir una sociedad de verdad. Para levantar una sociedad como la gente, tienes que partir de lo que realmente uno es. ¡Y el puritano asqueroso!... porque miente, eso es lo más asqueroso... el Hasbún, ponte tú... a mí me dan náuseas huevones así, porque mienten respecto a lo que los seres realmente son y es imposible que surja un verdadero amor, una verdadera ternura y una verdadera caridad si tú no estás tratando con seres con lo que realmente son, que son esto, que son deseo (...) Yo siento ternura y si me dejaran sólo en una isla con una niñita y fuéramos los únicos dos seres que hay y tuviéramos que perpetuar la raza y yo tuviera que hacer el amor con ella, no diría ¡huy! que horror, que horror... ¡Estaría dichoso!, sería maravilloso para mí hacerlo. Creo que cualquiera que no piense así es un huevón enfermo, realmente, no hallo que es sano. La gente sucia es la otra, tienen caca en la cabeza, estas fotos son un espejo, se miran y no ven estas minas. Se ven ellos.

(Entrevista publicada en Revista Fotografías n° 08, durante el mes de junio de 1998)

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BOB BOROWICZ: "Toda la vida con el ojo abierto"

El 5 de mayo de 1945 el tercer batallón del ejército norteamericano, a cargo del general Patton, liberó a miles de prisioneros de un campo de concentración alemán en Austria. Uno de los detenidos era Bob Borowicz, verdadero mito viviente en la historia de la fotografía chilena.


© Bob Borowicz. © All rights reserved.


Nacido un 7 de agosto de 1922 en Pöznan, Polonia, el pequeño Bob encontró rápidamente la que sería una de las preocupaciones más importantes de su vida. Viajero desde su niñez, se convirtió en boy scout para conocer su país “hasta que en un momento tuve una cámara cuya película tomaba 10 cuadros de un centímetro cuadrado cada uno. Empecé revelándolos debajo de la cama, porque alguien me dijo que había que revelarlo en la oscuridad. Por supuesto que no salía nada, todo negro, porque si bien era oscuro no tenía nada que ver con oscuridad fotográfica”.

No había recorrido mucho del camino que lo llevaría a realizarse como fotógrafo, cuando el año 1939 comenzó la Segunda Guerra Mundial. “Y todo se fue al hoyo. Las aficiones, la ópera, la música que me gustaba mucho, la fotografía y los libros, todo se terminó. Y muy poco tiempo después del comienzo de la Guerra, me arrestó la Gestapo. Era el mes de abril de 1940. Aterricé en un campo de concentración por cinco largos años en que tuve la gran suerte, Dios así lo quiso, de salir intacto. Vi morir miles y miles de compañeros, de gente de todas las naciones europeas y salí felizmente bien”.

Fue entonces cuando comenzó otro capítulo de la vida de Bob Borowicz. “Después de unos meses, al recuperar las fuerzas, viajé de Austria a Polonia. Aquí había dejado a tres hermanos y mis padres. De mis hermanos no quedó ninguno vivo. Uno murió en un campo de concentración ubicado a tres kilómetros del que yo estaba. Otro murió en manos de los liberadores, de los rusos, cuando llegaron a mi ciudad. Encontré a mis padres solos. Hubo que comenzar la vida de nuevo”. En 1950, luego de servir como locutor de radio y reportero en su país, Borowicz fue encomendado por el Ministerio de Relaciones Exteriores polaco como agregado de prensa en Frankfurt. “Ahí recién pude ver la gran diferencia entre el mundo occidental libre y el mundo oriental dominado por los rusos”. Un año más tarde desertó y pidió derecho de asilo. “Ya no quise volver más a Polonia. Hubo que empezar a ver qué hacer”.

“Un amigo norteamericano me dio un buen dato, me recomendó Chile. Te va a encantar mucho el paisaje, el clima y las mujeres –me dijo-. Resultó absolutamente cierto. Llegué a Santiago de Chile, en agosto de 1951, con una pequeña maleta, un par de camisas, un par de zapatos y sin hablar castellano. Pero como hablaba inglés y alemán me asocié al Instituto Chileno Norteamericano de Cultura. Así pude leer y conocer gente y fue ahí donde trabajé por primera vez como fotógrafo en el país”.

Fotografió actos, conferencias, exposiciones y publicaciones. Hizo retratos individuales y familiares. Hasta que uno de los socios del instituto le ofreció instalar un estudio fotográfico en un local de la Galería Imperio, en el centro de Santiago. “La tienda se llamó Arlequín. Por un lado hacía clases y por otro atendía el estudio. Así me di a conocer y esto fue el comienzo de todo”. Ciertamente ese fue el inicio de la promisoria carrera de Bob. Era un gringo, con aspecto y costumbres de gringo, el As bajo la manga que suele dar frutos en nuestro país. Y sin duda fue una de las llaves que le abrió las puertas con mayor prontitud y sin el menosprecio socioeconómico característico hacia la profesión de fotógrafo. Pero Bob no tardaría en mostrar su juego. Por sus propios medios y aportando con lo suyo forjaría un nombre en la historia del arte nacional.

De lo primero que se preocupó fue de transmitir sus conocimientos. Dictó clases en el Foto Cine Club de Chile, en la CIAT (Comisaría de Investigación de Accidentes del Tránsito), en la Escuela de Especialidades y en la Academia de Guerra de la Fuerza Aérea de Chile. Participó en las Escuelas de Verano de la Universidad Federico Santa María y en los institutos Cultural de Providencia y Cultural de Las Condes. A sólo dos años de su llegada a Chile, obtuvo en 1953 la Medalla de Oro en fotografía del Museum of Modern Art de Baltimore, Estados Unidos. Luego el Gran Premio Bernardo O`Higgins y un año más tarde, la Medalla de Plata en el Salón Internacional de Sao Paulo, Brasil. En 1958 recibe la Medalla de Bronce en Amberes, Bélgica y en 1961 la de Plata en Tokio, Japón. Hoy posee el título de EXCELENCIA, otorgado por la Federación Internacional de Arte Fotográfico (EFIAP), de la cual es Miembro Activo y pertenece a la American Photographic Society. Su trabajo ha sido expuesto en el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago, en la Universidad de Talca y en los talleres culturales de Chuquicamata.

-Pero a la hora de... ¿Importan los títulos, diplomas o medallas? Sin duda es la obra y el pensamiento del artista lo que trasciende ¿Cuál ha sido la premisa, la manera con que Bob Borowicz pone a foco su vida?
-“La fotografía es un arte. Existen grandes obras maestras fotográficas, pero no es Fotografía con “F” mayúscula, como yo la denomino... hasta que llegaron señores como Henri Cartier-Bresson que le dieron verdadero nombre. Donde la filosofía se basa en la captura del momento fugaz. La vida se compone de “x” momentos fugaces y si yo tengo el talento, voy a elegir este momento y aprieto el obturador ahora, no un segundo antes ni un segundo después, porque esta fotografía no encerraría la quinta esencia del acto. Ahí está la cosa y ahí nos alejamos de la pintura, del grabado y todas las demás artes visuales (...) Si usted camina por el mundo en función de la fotografía, habrá siempre un mecanismo interior que le dirá ¡ahora! Este “ahora” es el momento fugaz, que va a ocurrir con mayor o menor frecuencia dependiendo cómo uno se mueva. Si yo me muevo siempre con la vista enfrente no es igual que si estoy mirando a-la-izquierda-a-la-derecha-arriba-y-abajo, porque estoy VIENDO. Ahí está la gran diferencia entre mirar y ver, la gran mayoría de la gente solamente mira, y no ve... Feliz circunstancia que el idioma castellano tiene los dos verbos: mirar y ver. Y la gente mira en vez de ver concienzudamente. El pintor puede cambiar el mundo de acuerdo a su antojo, pero el fotógrafo no. Si no tengo la suerte de escoger el momento fugaz aquí y ahora, estoy perdido, perdí esta foto... Bueno ¿¡Cuántas fotos no se pierden en la vida!? Porque ESTA foto, segundos antes o segundos después NO EXISTE”.

-¿En qué momento el fotógrafo deja de sobrevalorar el momento fugaz para dar cauce a sus necesidades de expresión y creación?
-Si yo aprieto este botón ahora, y no antes ni después, congelo este momento y este momento contiene “x” valores. Pero, si yo tengo el talento no sólo aprieto el obturador ahora, sino que además estoy en una situación que ni arriba, ni abajo, ni a la izquierda ni a la derecha, pues cambiaría totalmente la composición. Uno instintivamente se pone en determinada posición para disparar esta carabina correctamente. De lo contrario sería otra foto.

-¿Hay un momento de su vida en que la fotografía, más allá de ser un oficio que recién llegado del extranjero le reporta dinero, se transforma en una obsesión, una necesidad en su vida?
-Sí claro, uno tiene la necesidad, el deseo de dejar documentado este siglo, es decir mis pasos por este siglo, como lo hacen frecuentemente los periodistas. Yo no quiero ser periodista ni mucho menos, tampoco puedo hacerlo porque estoy muy amarrado a mi academia, pero antes cuando era más libre yo caminaba con la máquina golpeándome el ombligo y tomaba fotografías del mundo, de todos los actos que se desarrollaban frente a mis ojos ¡Ahí está!, son cosas que ningún pintor podría conservar, solamente el fotógrafo, y si yo tenía la suerte de estar justamente ahí en este momento, y no arriba ni abajo ni a la izquierda ni a la derecha, no sólo capturaba el momento preciso sino su composición de acuerdo a la estética. Porque un fotógrafo de prensa, por ejemplo, que anda más bien detrás de los momentos fugaces, no posee en su fotografía la parte estética, porque estos señores no tienen la necesidad o el talento de ir un poco más allá. Tienen tantas posibilidades que uno no tiene... es la vida que se desarrolla delante de sus ojos y podrían captar lo mismo incluyendo la parte estética. Capturan el valor periodístico, el hecho propiamente tal, que alguien mató o nació o dijo tal palabra y aquí está la foto. Las excepciones se ven muy raras veces (...) Sin ánimo de injuriar, la mayoría de los fotógrafos de prensa son autodidactas, no han seguido absolutamente ningún curso, saben revelar y copiar, saben antes que nada trabajar con los codos para llegar al lugar y tener la fotografía periodística, pero no les interesa la parte estética. Si usted le quisiera dar una tarea fuera de lo periodístico no lo saben hacer y ahí falla la cosa (...) Por otra parte los fotógrafos profesionales son tan profesionales que se dedican a lo “tieso” como digo yo, a la botella de Coca Cola, a la niñita vestida, porque el que manda ahí es el cliente, el fotógrafo no tiene nada que decir y sólo aprieta el botón. Entonces hace una cosa que no tiene nada de creatividad. Muy raras veces a un cliente le interesa una escena en el mercado de Chillán y te pide que vayas y le traigas fotos. Entonces uno va y toma 50 fotos. Él escoge, pero todas las que hiciste fueron a tu gusto. Eso es ser fotógrafo libre y no ocurre prácticamente nunca. Porque si el cliente es empresario dice "vamos allá y tómeme de este ángulo, de éste y de éste otro". Lo único que puedes decir es "sí, pero hagámoslo en tres horas más porque la luz en este momento no me gusta". Si el tipo es bastante magnánimo accederá, si no dirá "no, tómelo así nomás, porque le da lo mismo".

-¿Aprovecha de la fotografía para dar su visión particular y subjetiva de las cosas, del mundo y la época que le tocó vivir?
-Bueno, hay cierta subjetidad, porque yo tomo las fotos donde el corazón me dice ¡ahora! y hago el click, y si esto es mi visión personal que indica que soy polaco o católico, o anti algo... no sé, no quiero juzgar porque esto nace de manera absolutamente espontáneo.

-¿Quiere decir que nunca ha sido catalogado como fotógrafo con alguna determinada tendencia?
-No, no, no, yo mismo puedo decir que tuve una época con una tendencia un poco abstracta, pero no duró mucho, pues es una cosa que no puede durar, que simplemente no puede durar pues la fotografía da mucho más que esto. Es un medio semifotográfico, incluso muchas están hechas sin el recurso de la cámara y sólo cuarto oscuro. Se escapa de lo fotográfico con “F”.

-¿Hacia dónde mira la fotografía abstracta?
-En el mejor de los casos a algún estado de ánimo, básicamente es una composición estéticamente válida y estéticamente agradable.

-¿Cuál cree que ha sido su aporte a la Fotografía chilena?
-Básicamente, fuera de exponer cosas para que la gente viera algo novedoso y dar a conocer obras que en Chile no existían porque no había mucha influencia europea ni norteamericana, lo que hice, y me puedo jactar de esto, fueron las clases en diversas instituciones, como por ejemplo en la CIAT, en la Fuerza Aérea, en la Escuela Naval... y tantas que ahora ni me acuerdo. Fuera de esto, una que otra charla y miembro de jurado en varios de los salones fotográficos. Si esto sirvió de algo, tanto mejor, así tengo mi conciencia limpia de no haber chupado mucho al país, como mucha gente, sino también dado algo, de todo corazón y con mucho placer.

-¿Por qué hace clases?
-Para enrielar a la gente. Si usted se comprara una máquina sin saber nada, no va a progresar. Lo técnico es una cosa que es relativamente fácil aprender, hasta revelar y hacer ampliaciones, sin embargo si usted da un negativo a cinco fotógrafos, estos cinco fotógrafos harán cinco copias distintas, porque la cosa no es mecánica. No es una copia 100% objetiva si hay intervención del fotógrafo: “esto lo omito, lo hago más claro, más nítido...” es igual que un pintor que crea su obra con un pincel y con la tela... A primera vista alguien que no sabe nada de fotografía dirá: Esto es lo más mecánico que hay, apretar el botón y punto. Pero no es así. Y por eso pienso que enseñar esto a la gente es sumamente indispensable y muy útil, los que se dan cuenta de esto vienen acá (su academia) y aprenden: los que no, van a poblar su álbum familiar con la foto de la suegra y el grupito familiar y pare de contar (...) Lo que atiendo básicamente es gente que tiene la afición estética de poder crear algo. Como no tiene dedos para el piano, no sabe dibujar, no sabe pintar ni escribir, pero tiene la necesidad de expresarse, la fotografía es ideal. Mucha gente ni siquiera se da cuenta de esto, por ahí que andan tantos amargados, porque en el momento de descubrir que existe la fotografía ¡Cuánta gente arreglaría su vida! Están en una oficina que les carga, que no es de su agrado, bueno, la fotografía sería la gran solución. Pero no lo saben, y los que saben, bueno, aquí vienen. Aquí vienen gerentes de grandes compañías, abogados, gente de este tipo, porque se dieron cuenta que la fotografía es la gran solución (...) En Chile la fotografía no es carrera universitaria porque no hay necesidad del mercado. Hoy el mercado fotográfico es la prensa y los fotógrafos comerciales, y ahí de padre a hijo pasa la ciencia y no hay ninguna necesidad de una enseñanza formal, a la vez también la ley no lo obliga, porque en Europa para ser carpintero uno tiene que ser carpintero titulado, aquí cualquiera se puede declarar carpintero como cualquiera puede declararse fotógrafo y de ahí que la cosa no tiene el brillo como lo tiene en otras partes.

-Se habla mucho de Fotografía de Autor y de ahondar en temáticas personales que remitan al yo interno, reflexionar y adoptar un punto de vista, fotografiar por satisfacción personal, sino por urgente necesidad de expresión, y no por la exigencia de un cliente, con la aspiración tal vez de mostrarlo en alguna oportunidad...
-Ah, claro, como yo dediqué treinta años para fotografiar Chile. Al principio de mi carrera viajaba con mucha frecuencia, porque tenía muchos clientes importantes en las compañías del cobre y otras empresas industriales. Así es que recorrí y me jacto de conocer Chile pueblo por pueblo, mejor que todos lo chilenos, como yo siempre digo, porque el chileno cuando tiene plata se va a París y cuando no tiene va al Casino de Viña del Mar, pero jamás viaja por su propio país (...) Pero esto hoy se hace muy poco, porque no da para vivir. La fotografía está supeditada netamente al mercado. También puede haber alguien que es profesional y trabaja en una oficina o es un médico que si tiene un sábado libre sale y toma fotos, para satisfacer su gusto o su necesidad personal. Pero ésta es una persona que utiliza la fotografía porque está en un lugar, le gusta algo y toma la foto. Tal vez le sirva no sólo para poblar su álbum familiar sino también en el momento dado que algún publicista necesite esa foto, pues recurrirá a él y pagará más barato. Pero esta persona sigue siendo un aficionado.

-¿Qué es entonces lo que convierte a un fotógrafo en tal?
-Las necesidades de satisfacer los pedidos del mercado, porque si hoy me contratara el Servicio Nacional de Turismo, para fotografiar el desierto de Atacama, voy a ser el fotógrafo paisajista por excelencia, pasaré tres o cuatro meses fotografiando paisajes. Vuelvo a Santiago y me llaman para hacer algo totalmente distinto, por ejemplo moda, y si soy fotógrafo con “F” soy capaz de hacer esto y lo otro...

-Pero si usted habla de la fotografía como expresión artística ¿Por qué la supedita tan férreamente al mercado?
-Si yo ando libremente, pudiendo apretar el obturador cuando a mí se me antoje, soy fotógrafo con “F”, estoy creando cosas, de acuerdo a mi gusto y hago mi archivo con esto, pero si cuando estoy en esto interrumpe el cliente y me pide que haga tal cosa, por ejemplo fotografía industrial, puede tocarme tal suerte de que en determinado momento el sol se ponga justo detrás de esta chimenea y logre una foto estéticamente fantástica y que impresione al cliente.

-¿El fotógrafo nunca deja de serlo?
-No, toda la vida, toda la vida con el ojo abierto.

(Artículo publicado en la revista FOTOgRAFIAS n7, marzo-abril de 1998.