19990115

CARTAGENA. Por MAGLIO PEREZ.

© Maglio Pérez © All rights reserved.


CALLES SIN PAVIMENTAR
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© Cristián Labarca Bravo. © All rights reserved.

“Los que viajan mucho, sabiendo para qué viajan, valen más que los sedentarios...”, escribió Arturo Capdevilla en su libro Los hijos del Sol. Bajo este juicio, tajante como discutible, imaginé a Maglio Pérez, fotógrafo chileno que se prepara a transgredir el límite de las tres décadas de edad, en un primer encuentro con sus fotografías. Con el título: Identidades Descubiertas e inserto en un colectivo de fotógrafos, su trabajo documental acerca de Cartagena, sus habitantes, su historia, podían ser apreciados por medio de una ventana dispuesta en una galería de Santiago. A través de ella, como una metáfora de lo que el balneario fue o de lo que va quedando de él al concluir cada año un verano más, presenciamos el abandono, una mesa cubierta con los restos de un almuerzo frente al Pacífico, botellas de Coca - Cola vacías y limones exprimidos que aliñaron mariscos y pescado frito... y más latentes aún, la presencia punzante de quienes ya no están. Hombres, mujeres, niños tal vez, que respiraron y sintieron mirándose sobre esa mesa, o tal vez con la vista fija en el horizonte dibujado por las aguas salinas del mar... sus voces -y su silencio- quedaron plasmados en algo más tangible y concreto que el recuerdo del transeúnte que, de paso, pudo presenciar esta escena.

En el caso de este autor, la “nostalgia” por el pasado, por lo que desaparece, que invade desde inicios de la fotografía a muchos de sus adeptos, el interés por la identidad (¿nacional? ¿Latinoamericana?...) la atracción por lo que a vista y paciencia de todos muere irremediablemente, por aquellos lugares y sus gentes que cohabitan en mundos paralelos al nuestro (con frecuencia denominados “submundos”), no están ausentes. El paso desaforado de la modernidad por sobre nuestras ciudades y nuestras mentes, no deja indiferente al fotógrafo. Urbano por naturaleza, Maglio también cargó su cámara por los rincones de Santiago, la ciudad que lo cobija. Durante tres años retrató personajes de los cuales no tendríamos conocimiento de no ser por trabajos como el suyo. Entre los años 1992 y 1995 fotografió las peluquerías y los cines de barrio, el Cementerio de Playa Ancha, pequeños espacios de la calle San Diego y Cartagena ¿Por qué la inquietud obsesiva y cuál su utilidad? Nuevamente hoy, dos años más tarde de ese primer encuentro con Maglio Pérez y su obra, me vienen a la cabeza las palabras de Capdevilla: “El que vive en quietud se expone a ignorarse a sí mismo... El que camina, en cambio, suelta a andar con él sus ideas, las refresca, las ventila. Lo que era firme y arraigado se queda en su sitio; lo que estaba demás se lo lleva el viento”. Tal vez a modo de consuelo, aquellos pequeños mundos que el fotógrafo rescata para sí, permiten hoy que no acabemos ignorándonos por completo.

A diferencia de otros caminantes, célebres y renombrados, de un Martín Chambi con su cámara de cajón a cuestas por el altiplano, de un Antonio Quintana recorriendo Chile o un Manuel Álvarez Bravo en México, la mirada de Pérez es infinitamente más contemplativa. No acecha a la sombra como el cazador, pero sí busca pasar inadvertido. De ahí que el gran angular no encuadre composiciones con primerísimos primeros planos de gente intimidada por el lente. De ahí que dentro del reporterismo gráfico, su profesión remunerada, Maglio se desempeñe en revistas (Qué Pasa y anteriormente en Apsi) y no en diarios o agencias noticiosas.

Cansado del ruido y la neurosis capitalinos, del epicentro superpoblado, camina hacia la periferia topándose con los olvidados. Es la búsqueda de la calma y la sencillez con que éstos ven pasar el tiempo. Tiempo y espacio que Maglio reclama para sí. La libertad de acercarse y captar la atmósfera particular de cada espacio, sin influir en ella con su presencia. Pero, a pesar de este distanciamiento, el fotógrafo no logra desvincularse de la gente. En Cartagena es uno más de los peatones, deambula y sólo su cámara lo delatan al principio, pero pronto es uno más de los peculiares personajes que matizan el lugar. En esas ocasiones ha sido necesario que el fotógrafo se materialice. Sólo así pudo trabajar junto a don Nicacio o el famoso don Vicente “El Fígaro Nortino”, ante espejos, peinetas y rasuradoras, o retratar a don Lucho esperando el comienzo de una función más en el Cine Prat... lejos, muy lejos del Pop Corn y el THX sound de las modernas multisalas actuales.

Pero el concepto sigue siendo el mismo, pues todo se desmorona en torno a estas personas y sin embargo en sus ojos hay paz, “viven felices, no les importa el éxito, no les importa el dinero casi, no les importa nada de lo que en este mundo reina, es decir, es un pueblo aislado, una rareza, y vas encontrado cosas, pequeños cuadros que reflejaban un poco mi estado de ánimo en la ciudad”, explica el autor. Por esta razón el efectismo, la grandilocuencia, están ausentes en estas imágenes. Y por lo mismo el nombre de Maglio Pérez está tan ligado a Cartagena, ya que salvo el trabajo que Felipe Riobó realizara hace más de una década en el balneario, no se conoce otro ensayo de la magnitud y el vigor del de Pérez. Sus fotos no tienen cabida en suplementos turísticos. Éstos jamás se permitirían tanta sutileza. No hay "belleza” en un árbol escuálido y torcido que frente al mar se transforma en el estandarte de la ciudad, como el solitario y deteriorado mascarón de proa de un enorme barco otrora orgulloso de su atractivo.

El fotógrafo francés Robert Doisneau decía que la fotografía es cómo parar la vida para luchar contra la muerte, pero que ésta es una lucha perdida desde el principio. Nada más lejano a las ideas de Pérez, pienso. La verdadera lucha es y será siempre contra el olvido. La hebra con la que Pérez aporta a este tejido que es nuestra memoria, donde buena parte está constituida por kilómetros de film fotográfico, ha sido arrancada de la Muerte, o como dijera Roland Barthes, “son producidas por la Muerte, al querer conservar la vida. Vida/Muerte, la pose inicial separada del papel final tan sólo por un clic”. Vida y Muerte, Memoria y Olvido, indisolublemente unidos en la imagen.

Hace tres años que el fotógrafo no camina con su cámara por calle San Diego. Tampoco ha viajado al Cementerio de Playa Ancha ni a Puerto Montt o San Antonio. Siente que el documentalismo es una etapa de su vida que desea dejar atrás: “Los conceptos de fotografía en Chile son baratos. No veo profundización de nada. Pienso que la fotografía nacional se está quedando pegada en el documentalismo y que basándose en éste, se supone que se está haciendo algo en Chile”. Además, cada vez le es más difícil desarrollar un tema: “Los lugares ya los busqué, los encontré, y aunque posiblemente hay muchos más, ya no me interesa”, asegura. Estos lugares y sus fantasmas le sirvieron para plantearse una nueva idea de lo que quiere de la fotografía, un paso más hacia la “creación”. Saciado y agradecido del azar, aquél que estando en el lugar adecuado y a determinada hora permitió que el “momento preciso” se desarrollara frente a su lente, aspira hoy a la imagen en movimiento, al cine, pero más que nada, a controlar el proceso narrativo, “porque me interesa la perfección”, señala. “Quiero equivocarme hartas veces y frustrarme y darme cuenta que en realidad no soy nada y me falta mucho todavía...”

Para Maglio, la vida es muy corta y son muchas las cosas por hacer. Sin embargo, para Cartagena siempre habrá tiempo: “Hace dos semanas estuve ahí. Fue entretenido volver después de mucho tiempo y encontrarme con la ciudad y que me pasaran cosas nuevamente, o que me deprimiera. Fui con mi hijo, lo llevé a conocer el mar de Cartagena... Siempre va a haber alguna variación y siempre lo voy a retomar... Pero otro tema, no sé”. Si de pronto se hallara viviendo en una nueva ciudad, en otro país, tal vez Maglio volvería a sus caminatas, sentiría la necesidad de refrescar las ideas una vez más, “pues inconscientemente ahí se te hace necesario encontrar el lugar. Es necesario que el fotógrafo sepa dónde está parado. Y es mucho más que el lugar. Si vas a París y te quedas en el hotel mirando la Torre Eiffel o en el Sena, no encontrarás nada. Hay que caminar, recorrer...”

Sin lugar a dudas que el talento y la perseverancia de este fotógrafo, le permitirán desarrollarse frente a bifurcaciones y senderos paralelos al camino inicial. Pero este distanciamiento de las calles que ninguna autoridad se preocupa de pavimentar, no será definitivo. Pues sin duda su viaje por ellas aún no ha terminado.

(*Texto publicado en Revista Fotografías n° 10, enero-febrero de 1999)
© Cristián Labarca Bravo. © All rights reserved.






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19980815

CAROLINA FURQUE Y DANIEL BARRACO: Parte de la confusion latinoamericana.

El respetable público se ha retirado y el circo ya descansa. Innumerables ampolletas iluminan tenuemente el lugar. Bajo ellas, indiferente y hambriento, un caballo arranca una tras otra las hebras del pasto que halla entre sus patas. Dentro de la carpa, la contorsionista ejecuta con disciplina y solemnidad los ejercicios de su rutina. Su silueta confunde, hipnotiza a Carolina Furque, quien sólo atina a levantar su cámara, observar a través del lente y en una fracción de segundo recoger la imagen y los sueños de la mujer que son ella y la gimnasta. Afuera (en otro tiempo y otra ciudad) Daniel Barraco respira un aire similar; Frente a él, Julio César Arriola, el payasito “Chupetín”, aprieta firme su pequeña mano, evitando las sacudidas inquietas de su perro. Sus ojos se clavan en los de Barraco y éste aprieta con seguridad el obturador. La noche mendozina los observa.

***

Carolina Furque se acercó a la fotografía por una de esas sospechosas “casualidades” que la vida nos depara, y que un día la llevaron a encontrarse con un extraño aparato que su padre guardaba: la cámara que “por curiosidad y ocio” recogió y no dejó de usar hasta el día de hoy. Luego entró a la universidad y sólo en los últimos dos años “encaré la fotografía sistemáticamente y ya procurando que se convierta en un oficio que me permita vivir”. Reconoce la influencia de Daniel Barraco, su maestro de técnicas de laboratorio blanco y negro en 1996 y actual pareja, ya que “conociendo su manera de trabajar se me abrió un panorama nuevo y variado”. Junto a él expuso el `97 la muestra: “Noche de Circo”, en el Museo del Área Fundacional de Mendoza. Barraco, por su parte, hasta el año 1980 nunca había sacado una fotografía, ni siquiera a su familia. Tenía 25 años cuando una amiga decidió viajar a Mendoza a visitarlo, motivándolo a comprar una cámara para registrar los lugares y momentos que más tarde podrían transformarse en un objeto palpable más fiel que el recuerdo. “El tipo que me reveló los rollos me dijo, che, vos tenés ojo para estas cosas, te salen lindas las fotos. Me di cuenta que la cámara me podía dar un medio de vida, hice matrimonios, cumpleaños... y así estuve los primeros cinco años. Es decir que, la definición de la vocación, lo que hoy me permite hacer un libro... se fue dando paulatinamente. Los dos primeros años aún no sabía si esto era lo que a mí realmente me interesaba”.

De esta forma y por caminos apartes que ahora último se unen, ambos han desarrollado sus imágenes. Las de Barraco nos visitaron en julio del presente año y rápidamente llamó la atención la atmósfera que ellas nos presentan. La misma que el Ex–Director del Departamento de Estampas y Fotografías de la Biblioteca Nacional de París, Jean–Claude Lemagny, calificó de “particular”, ya que según él, ésta “se emparienta con una tradición latinoamericana”. Supimos que al argentino le interesan muchas cosas en su vida, razón por la cual “durante años he llevado una vida muy dispersa. La fotografía me permitió ir dándole un cierto cauce a eso. Así es que mis temáticas las he ido haciendo todas al mismo tiempo”. Comenzó retratando, para su serie de “Artes y Oficios”, a la gente que trabajaba en la heladería de su familia. Pronto continuó con su barrio y los niños que vivían en él, como “Eduardo y Ariel”, dos pibes engominados a lo Gardel, sentados en una especie de bodega de almacén. “Pero nunca he hecho fotografías proponiéndome un tema. Eso quizá hable de una actitud interior dispersa”. Por su parte, el trabajo de Furque se presenta en nuestro país desde el 20 de agosto y hasta el 22 de septiembre, en la Galería Contraluz. La muestra sobre el circo es “mi trabajo más extenso” -comenta- “...tanto en tiempo como en cantidad de fotos. Es el único tema que encaré de manera constante. Lo empecé el `94 y aún hoy sigo fotografiando todos los circos que pasan por Mendoza”.

¿Qué motiva a estos dos fotógrafos argentinos a dejarse llevar por la captura de imágenes? ¿Son sólo las casualidades o el compadre que le encontró “linda la foto”, mostrándole de paso un medio de “ganarse la vida”, los gatilladores de su incursión en este medio? Irremediablemente la fotografía es un medio de expresión y el acercamiento a ésta exige como condición irrebatible querer expresar algo. Y más importante aún; tener algo que expresar. Para muchos, el compromiso del artista es también con su sociedad y realidad histórica que le tocó vivir. Para otros, la función principal es la estética, la “forma por la forma”, lo que a fin de cuentas posee también un valor. En las imágenes de Furque y Barraco esto último irradia con fuerza, sin embargo el contenido documental y social no queda del todo a un lado. Les preguntamos acerca del involucramiento o compromiso con el medio: ¿Cómo se liga tu trabajo con la realidad política, económica, social de Argentina y América? ¿La corrupción, el problema de la droga o la violencia, influyen en tu fotografía o ésta es un ente aparte que anda volando de museo en museo, destinado a “los amigos del arte”?

Carolina Furque: No me acerco a fotografiar nada por su importancia social o estética en sí. En el caso del laburo (trabajo) del circo, éste comenzó por una razón personal y el contacto con los artistas del circo, con su medio, sus virtudes y sus miserias, que me fueron revelando aspectos inesperados. Creo que la decadencia y la soledad actual del circo está muy ligada a cambios sociales y culturales que le han obligado a replegarse (la televisión, por ejemplo) y lo han ido demudando de su magia y audacia. He tomado fotos en fiestas populares y en cabarets, siempre impulsada por curiosidad, por un deseo de entender qué ocurre alrededor mío. No creo poder encarar un tema porque sea "socialmente" importante, tiene que existir una motivación personal fuerte. Luego, inevitablemente, aparecerán en el trabajo opiniones, resaltarán más o menos distintos aspectos, los sentimientos que esos lugares y esa gente han suscitado en uno. Esto se engancha con "elementos que influyen a la hora de escoger determinada temática": yo elegí el circo primero, por curiosidad y por razones personales, pero resulta que después de visitar uno y otro vas ampliando y profundizando esas razones. El circo es visualmente muy atractivo, la carpa, las ropas, la forma de vida, y será por eso que es también un tema muy recurrente, tanto para la fotografía como para la pintura y la literatura. Pero debajo de eso va apareciendo la gente verdadera que lo habita; va uno descubriendo que el circo ya no es lo que era antes, que no hay tanto romanticismo en esa vida trashumante. Todos esos aspectos que aparecen luego de un tiempo van delimitando nuevos motivos y razones para continuar el trabajo. Yo siento ahora que estoy fotografiando un circo que va en extinción, un espectáculo que está en decadencia.

Daniel Barraco: Mirá no sé, no sé que decirte. Me parece un poco insólito lo que me preguntás. Yo estoy por hacer una serie de fotos de chicos que trabajan en las calles de Mendoza, de payasos... ¿Cuál es la conexión que eso tiene con la realidad? No lo sé, no soy un fotógrafo de trincheras ni ando detrás de los círculos de la droga, viendo cómo denunciar eso. Tampoco ando en las villas miserias haciendo... con el respeto que eso me merece. Por otra parte tampoco creo que la fotografía que se expone en museos ande volando por ahí... Está donde puede estar como está también en otros lugares que no son tan finos como los museos. Creo que la relación que tiene con la realidad es la sensibilidad que yo pueda tener para captar esa realidad. Lo que pasa es que también cada uno la capta como puede y desde donde puede. La mía también me parece que es una mirada sobre la realidad, pero una manera particular de ver esta realidad.

-Lo que me gustaría saber es si el público que visita tus exposiciones es gente ligada a la fotografía o al arte, o está más cercana al mendocino común y corriente, como “La Rusa” (1981) u otro de los personajes retratados por ti o por Carolina.
DB:
Es gente, en general, que no tiene relación con la fotografía ni con el arte, sólo gente sensible que busca algo que le pueda conmover, emocionar... Supongo que hay una identificación porque así me lo ha dicho la gente. Pero tengo que decirte que a mí no me interesa en lo más mínimo lo que la gente piense de mi fotografía. Lo que sí me interesa es hacer las cosas con honestidad. No mentir ni mentirme. Pero si reflejo o no la realidad no es algo que me preocupe. Sí me preocupa escuchar de la gente cosas de mi fotografía que yo no sabía, en ese sentido me interesa lo que la gente piensa. Pero en el sentido de la opinión de gente como una presión, que a uno lo obligara a hacer determinado tipo de fotografía, no me parece en absoluto... Yo he sido de la generación de la militancia en Argentina, de los años `70, y las primeras fotos que hice eran de obreros porque lo que quedaba de toda esa etapa era que había que fotografiar obreros. Eso me parece hoy como un corsé, algo que me aprisiona (...) Yo creo que las cosas hay que tomárselas en serio pero con un poco de humor y libertad, que es la forma en que uno se recicla. Hay que tomar muchas fotos y hay que querer el trabajo en sí mismo. Hay que querer hacer fotografía, más que querer decir algo con la fotografía, o que digan qué linda que son nuestras fotos. A uno tiene que gustarle el hecho de hacer el trabajo, es lo único que a uno le permite volver a hacerlo, volver a la fotografía.

-¿Qué grado de involucramiento hay entre tú y los lugares y las personas por ti fotografiados?
CF:
Siempre que voy a algún lugar a tomar fotos, sea el lugar que sea, preciso un tiempo para entenderme con la gente. Encuentro que es un poco violento llegar e inmediatamente sacar la cámara. Me resulta útil que la gente se acostumbre a mi presencia, que se establezca una cierta confianza. Yo admiro a esos fotógrafos que tienen capacidad para introducirse entre la gente sin romper, con su presencia, el curso de las situaciones.

DB: A riesgo de parecer un poco chocante, a mí no me interesa tanto lo que fotografío, sino el sentido de qué son exactamente esas cosas. No me interesa tanto porque no creo que la fotografía esté en condiciones de hablar verdaderamente de ellas. Lo que sí persigo es emitir alguna opinión sobre lo fotografiado. Sobre el paisaje, la gente, los animales, los niños... Pero lo que ellos en sí mismo son... la verdad no lo sé. A través de mi fotografía de lo que más hablo es de mí y de lo que yo pienso sobre esas cosas, y en ese sentido yo he tratado siempre de estar en ellas, de estar en la vida y no ser un espectador. Es una de las cosas que más persigo en la vida: No estar afuera.

-¿Creen que su trabajo podría ser publicado por la prensa? En el caso de Daniel, que trabajaste en Francia para los diarios Liberation y Le Monde, ¿influyeron éstos en tu fotografía?
DB:
Hice algunos trabajos para Liberation y eran trabajos muy presionados por la noticia inmediata, y en ese sentido no significó absolutamente nada para mí esa experiencia. Distinto es lo de Le Mond. Pero llegué a Le Mond por los retratos que ya venía haciendo, retratos de obreros y de artistas. Lo lindo de este diario fue la libertad para trabajar. Conocían mis retratos y quisieron que yo los hiciera a los escritores, pues era para un suplemento literario. El suplemento salía el jueves y yo podía ir el lunes, charlar con el personaje y fotografiarlo. Pero lo que me cambió la fotografía y más aún, la vida, fue ir a Francia. No por Francia, sino por vivir en el extranjero y salir de ese pequeño mundo que es la tierra de uno, donde uno cree que todo es eso. También la gente con la que me encontré allá, tanto fotógrafos vivos como los muertos, por medio de libros. Recuerden que yo he vivido en Mendoza, un lugar provinciano y pobre culturalmente, una sociedad tradicional, y no en Santiago o BAires. El hecho de vivir en una capital es otra cosa.

CF: Yo respeto profundamente el trabajo de prensa de aquellos medios que le permiten al fotógrafo actuar libremente, que conciben el reportaje fotográfico como un medio expresivo. Lamentablemente lo habitual es encontrar que los medios no se arriesgan y terminan publicando fotos "correctas": imágenes de lectura fácil y rápida. En general se limitan a ilustrar las notas. Creo que una fotógrafa como Diane Arbus pudo publicar y hacer su trabajo porque existieron editores que se animaron y respetaron su fotografía. En Argentina son pocos aquellos reporteros que puedan imponer a un medio su estilo. Inexorablemente, y por respetables cuestiones de supervivencia, la mayoría terminan haciendo lo que les reclaman. Yo no hago fotografía de prensa, lo que no significa que algunas cosas que hago puedan ser publicadas en algún medio.

-¿Existe alguna influencia que haya marcado tu trabajo más que otras?
CF:
Cuando inicié el trabajo sobre el circo estaba fascinada con las fotos, de circos de la India, de Mary Ellen Mark. Es un trabajo impecable, que actuó como un estimulo. No siento que haya en mis fotos influencias de nadie y nada en particular. En todo caso siento que al mirar algunos libros o trabajos de otros fotógrafos, sobre todo si son buenas fotos, eso me incita a trabajar, me reaviva el deseo de continuar con lo mío. Hace poco, mirando un libro de Eugene Smith, sorprendida por su manera peculiar de copiar sus fotos, pensaba en mis copias, en cómo podía encarar mi trabajo de copiado. Esto no significa que acabe copiando como él, mas bien sus fotos me despiertan una inquietud que tendré que resolver lentamente en el laboratorio.

-En un artículo sobre la fotografía de Miguel Gandert (Luna Córnea nº7. 1995) escrito por Alberto Blanco, se recoge el tema de la fotografía en la frontera entre México y Estados Unidos. Blanco se pregunta: ¿La fotografía de la frontera es aquella que se toma en la frontera o aquella desarrollada por los fotógrafos que habitan la frontera? Lemagny dice que la atmósfera de la fotografía de Daniel, se “emparienta con una tradición latinoamericana” Mi pregunta es: ¿La fotografía latinoamericana es aquella que ha sido captada en Latinoamérica o la que han obtenido los fotógrafos que nacieron y viven en Latinoamérica? Como argentinos, ¿Qué papel creen que juegan en la fotografía latinoamericana, tomando en cuenta que con frecuencia se dice de Argentina que es un país "más europeo" que el resto?
CF: Me resulta complicado responder esta pregunta, porque ¿qué significa ser latinoamericano? Pienso que la fotografía latinoamericana es aquella que sólo pueden hacer los latinoamericanos, donde se encuentren, porque arrastran con ellos eso difícil de definir que somos.

DB: No lo sé. Pero me puedo escudar en un ilustre antecedente: Borges también decía que él no sabía lo que era la literatura latinoamericana. Yo no sé si existe eso. Posiblemente, para la gente de afuera, puedan haber algunos rasgos comunes en nuestra fotografía. Sí, me parece que hay una fotografía muy tironeada por la realidad y por lo dramático de “nuestra realidad”. Cuando uno vive en Europa se da cuenta que si sos un fotógrafo de Francia, bueno, la realidad, y como la fotografía se maneja con la realidad, es infinitamente menos dramática y acusiante que acá. En ese sentido nuestra fotografía debe tener una imagen hacia fuera que la identifica... Estoy pensando en la fotografía mexicana por ejemplo, que refleja, al parecer, el dramatismo de ese país y de esa gente. ¿Qué es Latinoamérica? ¿Qué son los latinos? No sé si tiene una respuesta...

-Me llamó la atención cuando Lemagny dice que viendo una foto tuya, tomada en París, “uno juraría estar en los suburbios de Buenos Aires y en un cuento de Borges, a la vez realista y fantástico”...
DB:
Sí, él lo dice a propósito de una foto. Tienen que pensar ustedes que en América Latina, Argentina ha sido un país muy europeizante. Por ahí somos los menos latinos, desgraciadamente. Porque yo digo, si ser latinoamericano todavía es una confusión, ser argentino y no ser por lo menos parte de esa confusión, es peor. Supongo que tenemos una sensibilidad que nos acerca a los europeos y eso ha de aparecer en la fotografía. Pero creo que América Latina es una gran confusión y muchas certezas también, y que yo formo parte de eso también, sin duda. Que los argentinos seamos un país de inmigrantes, bueno, es la historia latinoamericana también. Así que hay que creer o reventar.

(Entrevista publicada en el n9 de revista FOTOgRAFIAS, agosto-septiembre de 1998)